Por Cristian Toranzo Fundichely (MCJD-ADO)
Se cae Antilla. Ninguno de sus fundadores lo hubiera adivinado, ni siquiera ese pasado espantoso al que siempre se refiere el oficialismo fue capaz de destruir, o por omisión, la cultura y la identidad de más de un siglo de historia. Este municipio encierra muchos encantos, y los relatos de esa tormentosa época por la que vivieron, hacen soñar y anhelar no ese pasado, sino el potencial futuro y presente de nuestros padres, de nosotros y nuestros hijos y nietos.
Es ignorante pensar en volver atrás, pues seria el acto de negar el desarrollo. Aunque de cierta manera fue mejor que esto, lo que llaman revolución. He conversado con varias personas de la tercera edad que expresan con añoranza que su pasado esplendoroso nunca volverá. Me hablan de tantas cosas: de las quincallas de las relaciones sociales, del respeto entre sus pobladores, del desarrollo y hasta de trabajo. Recuerdo bien al difunto que en paz descanse Enrique Laffita, alias Quique, de cuando trabajaba como estibador en el puerto y me he preguntado ¿cómo diablos puede alguien puede añorar un trabajo tan duro como ese? Lo cierto es que el pueblo de Antilla proveía grandes ingresos a su población, y sus jornaleros eran unos de los mejores pagados de la época. Nunca he escuchado ningún otro estibador hablar con desdén de aquel lugar a pesar de sus jornadas duras. Jóvenes, casi niños trabajaron allí e incluso obraban turno. El viejo Quique murió viendo destruido el muelle.
Pasear por mi pueblo, para aquellos que lo conocieron antes, resulta un espectáculo entristecedor. La historia se cae a pedazos sin que ninguno pueda hacer nada. Es más fácil dejar caer o destruir, que construir o conservar. Me duele que suceda, me duele porque esa historia forma parte de mí cómo yo de ella, porque en cada rincón, se encuentran pedazos de mi niñez y adolescencia, porque allí se encuentran mis raíces, mis antepasados, mi sangre, allí estoy yo.