Por Cristian Toranzo Fundichely (MCJD-ADO)
Soy amigo de un comunista. De los pocos que se atreven a mantener una relación interpersonal con un activista de derechos humanos sin el tabú del que dirán en el partido. Digamos que acepta a cada cual y respeta el pensamiento ajeno. Dice que cree en el comunismo porque sí.
Hace unos días abordamos varios temas nacionales, y entonces le hice una pregunta casi afirmativa del porqué a los comunistas le gustan tanto los dólares. ¿Porqué eran prohibidos y porqué ahora no? La respuesta estaba vacía. Las palabras no siempre llenan el espacio de preguntas que la lógica de la vida necesita. Como por ejemplo, esa historia de los principios que no se venden, pero que después, sí se venden. Agregó que ciertamente se habían cometido errores pero ya está. Sin culpas, ni disculpas.
Siempre evasivos, los ignorantes a sabiendas tras ideas del marxismo se quedan sin respuestas. No hay que afirmarles nada, sólo preguntarles, porqué? Porqué? Porqué?
Amigo, le dije, el comunismo se fue a volina como papalote, y nadie echó una lágrima por él. Los berlineses le fueron para arriba al muro, construido para que nadie saliera del “paraíso terrenal” y con unas pocas mandarrias descargaron toda la rabia que el recién fallecido Bloque había sembrado en sus corazones.
¿Cuántos muertos más por huir, cómo en Cuba, de la soberbia y la imposición de unos pocos? ¿Cuántos torturados, encarcelados, muertos por hambre y sabrá Dios cuántas calamidades más hay que seguir cargando para que los ciegos cómo tú, que no creo que lo estás del todo, acepten que la libertad y la dignidad no dependen del alfabeto y la aspirina?
El muro de Berlín desapareció en un santiamén, aplastando las conquistas de la URSS. Cómo en Cuba, se está cayendo ya el muro de la desvergüenza. Por esas “conquistas” revolucionarias, nadie va ni siquiera a estornudar. Mucho menos, a echar una lágrima.