Mi compañero

Ciudad de Guantánamo 12 de febrero de 2010

Por: Rolando Rodríguez Lobaina

Turco en una de las celdas de la Seguridad del Estado en Camagüey donde el autor permaneció detenido.

No estaba presente al principio de mis ajetreos por la libertad de mi pueblo. Me sorprendían los actos represivos en la calle por mi activismo político e ir a parar a una celda sucia, semi-oscura, mal oliente. Mi familia no sabía nada de mí hasta que notaban mi ausencia al dormir fuera de casa. Como se ha hecho costumbre, entonces partían mis queridos a asistirme, en el cuartel policiaco en el que me encontraran, con el aseo personal, a veces demorado porque un pálido militar no tenía instrucciones de decir dónde estaba yo detenido.

Aunque no es costumbre encontrar agua para las necesidades elementales en muchos de los calabozos, lo cierto es que resulta agradable poder contar con tu cepillo dental, pasta dentrífica, desodorante, un jabón de tocador y una toalla. Mi aseo personal, ha crecido en el camino como gran compañero de lucha. Roído por el tiempo y su uso,  mi cepillo me ayuda a mejorar el ánimo  dentro del encierro todas las mañanas. Adolorido por esa cama de concreto o de plancha metálica reservada para moler mi ímpetu, me presto, como un relajante, a mis ejercicios físicos diarios. El jabón es mi otra aspirina, cuando en la tarde me permite desprenderme de toda la costra que me impregna al recostar mi cuerpo en cualquiera de los lugares de mi cuarto de castigo. Desde luego, cuando puedo contar con el agua. He estado hasta una semana sin que a mi espalda la cubra el agua y lleno de salpullidos he salido por las altas temperaturas  a que es sometido mi templo.

Gracias mil veces a mi toalla que me resguarda de que todos los mosquitos me retuerzan la  cabeza cuando apenas alcanzo mi sueño. Guardo en mi memoria los grabados dedicados a la  mujer amada de todos los que me han antecedido en las distintas celdas. También las rayitas que los reos realizan en las paredes para no perderse en el tiempo. Los guardias ni se molestan en aplicar higiene a los recintos y pobre si te toca un turco (hueco en el suelo para las necesidades fisiológicas) tupido. No sé cuantas veces he tenido que ir de cabeza a un calabozo por mi “indisciplina social”. Alguien me comentaba hoy que sumadas todas las veces, debe cumplimentar una condena de cárcel. Pero la experiencia te enseña y por eso llevo ahora, a todas partes, a mi compañero de infortunio.

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