El televisor

Por Julián Antonio Monés Borrero

Ciudad de Baracoa.

Mientras pedaleaba en su bicicleta china, fatigado y sudoroso, oliendo a demonio, Fabián era un mar de cavilaciones. Laboraba como ayudante de albañil en la empresa de mantenimiento constructivo en el municipio de Baracoa, provincia guantanamera.

Hombre de pocas luces, acostumbrado al trabajo duro, hubiese querido ser boxeador. Tenía todas las características: alto, corpulento y puños de hierro. Pero sus sueños se quedaron troncos. Desde muy joven tuvo que solventar la economía del hogar para poder ayudar a su madre, viuda de un alcohólico jugador de dominó que confundía las carencias con la surras propinadas a diestra y siniestra, y mediante la bendición de Dios la cirrosis hepática se lo llevó a mejor vida.

Con Fabián Torres se podía contar para todo, tenía el frente voluntario en el sindicato, pertenecía a las milicias de tropas territoriales y cuando los comité de defensa de la revolución (C.D.R) hicieron el llamado para integrar la brigada de respuesta rápida (B.R.R) organizada por el gobierno para golpear y despedazar a los llamados enemigos de la revolución, allí estaba Fabián.

La vida sentimental no había sido color de rosa para Fabián, se casó con Tania, recién graduada de enfermera y sin poder ejercer la carrera ni teniendo vivienda propia. Por fin partiéndose el lomo durante 9 largos años pudo obtener el ansiado nidito, que dicho sea de paso, era todo un colador cuando llovía, pero al menos había esperanza.

La frustrada enfermera no quiso darle hijos por temor al hambre y las penurias que pasarían, hasta que un día le pegó los cuernos con el médico de la familia, fugándose con él. Dos años después conoció a Ester, planificaron casarse: “que si hoy, que si mañana pero todos los caminos conducen al mar”, el dinero no alcanzaba para el matrimonio, solo para el mal comer.

De la unión de la pareja nació Fabiancito, la crianza del niño era a pulmón, a medida que crecía si tenía zapatos no tenía pantalones, los juguetes los compraban con grandes sacrificios en los lotes de pobre solemnidad, en todo por un dólar, en las tiendas recaudadoras de divisas porque en las jugueterías ni entrar.

Fabiancito ya tenía 5 años y se antojaba de todas las cosas propias de su edad, de todo lo que un niño desea tener, pero en una sociedad socialista son costumbres burguesas diseñadas al estilo del imperio, hasta que un día llegó la buena noticia de que los CDR realizarían una asamblea para darle derecho a comprar un televisor chino a color marca “Panda” para aquellos que tuvieran sobrados méritos revolucionarios.

¡Ester, seguro que lo cojo! Le decía a su esposa con la emoción bulléndole por los poros. El día maldito o mejor dicho bendito de la flamante reunión llegó, se reunieron todos los vecinos de la cuadra y le otorgaron el derecho a Fabián del televisor. Allí hubo de todo como en botica, se escucharon malas palabras de las más crudas, se entraron a piñazos, y hasta el negro Pompilio le sacó un machete al beneficiario gritándole ¡tú eres un chivato, hijo de puta!
Ahora el televisor estaba instalado en la salita de su pequeña casa y Fabiancito estaría viendo los muñe. Pero los niños son impredecibles, mientras Ester hacía pócimas en su laboratorio cocina, el chico jugaba con una escoba olvidada en la sala del hogar. Por azar ¡BUNG! lo inevitable, lo terrible, el Panda de la dicha se hizo añicos. Ester arremetió con furia contra el temeroso niño, le pegó de mala manera, sentándolo de castigo en una pequeña sillita y prohibiéndole pararse hasta que no viniera su padre del trabajo. Alrededor de la 7 de la noche llegó Fabián casi con hipoglicemia, después de una hora de viaje en bicicleta de Cayogüin a la Reforma Urbana. La esposa le explicó lo ocurrido, soltó la polvorienta mochila que traía a su espalda, tomó a Fabiancito por uno de sus bracitos dándole una tremenda tunda con la misma fuerza que estaba acostumbrado a pegarle a los opositores al régimen y a todo aquel que hablara mal del gobierno. De un tirón metió al niño en su cunita.

Allí nadie comió esa noche, Fabiancito se durmió sollozando, Ester se levantó de la cama en hora de la madrugada, extrañada de que su hijo no pidiera la leche, como de costumbre. Todavía Fabiancito tenía derecho al alimento, le quedaban dos añitos más para ser adulto. Besó al niño en su carita y lo notó muy frío, casi inerte ¡Papito, mi chiquitico, despiértate! Mamá te trajo la lechita, le decía la mujer en un susurro pero Fabiancito no respondió a sus mimos. Encendió la luz del cuarto y cual no fue su horror al ver a su bebé con los ojos desmesuradamente abiertos, todavía pidiendo clemencia y un hilillo sanguinolento corriendo por su boquita entre abierta. El Panda había cobrado su deuda.

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